muestra "la esencia de lo cotidiano" - "the essence of the everyday" exhibition - carmen arévalo

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La fotografía de Carmen Arévalo (Perú, 1969) remite a lo cotidiano, a todo aquello tan minucioso y pequeño que generalmente escapa a nuestra mirada. Ella nos obliga a estudiar, observar y reflexionar sobre todo lo que está, estuvo y siempre ha estado, pero jamás hemos visto.

Como gran observadora ─y detallista en la observación─ se detiene en lo minúsculo e imperceptible abriendo todo un mundo a nuestros ojos que ─con cierta precisión matemática─ descubre ensayando subconjuntos de lo corriente, tan vastos y complejos que más que asombrar nos invitan a reflexionar ─no tan solo sobre lo invisible sino─ sobre la esencia misma de la vida.

Pocos fotógrafos logran detenerse en los detalles como trampolín a mayores aspiraciones existenciales. Pocos fotógrafos logran desnudar lo diario y habitual en simpleza y complejidad simultáneamente.

Una de sus virtudes tiene que ver con la estética y la apariencia que elige para sus imágenes. En apariencia son imágenes comunes, trilladas, e incluso reconocidas, sin embargo ─justo allí─ cuando vamos a cambiar nuestra mirada hacia otra imagen, nos detenemos y descubrimos un mundo oculto, un subconjunto tan complejo que espeja las complejidades propias del ser humano.

A sus representaciones del fuego y las velas, o las manos y las huellas, a veces las interviene o las reinventa sin perder la esencia, como si se encargara de ubicar en cada imagen una llave oculta que descubra otros mundos. Esas llaves a veces tienen que ver con colores intensos para resaltar el pasado ─como en su miniserie Huellas─ o con habitantes ocultos de la vegetación ─como en su miniserie Colores─ o con las miradas escondidas de los habitantes de un naranjo ─como en su miniserie homónima─.

También parece ser experta retratista de la oscuridad urbana ─como en su miniserie Noche─ que por remitir a la esencia misma de la vida deviene ─deliberadamente─ en un enfoque emotivo y profundamente emocional. Así, nos introduce a la soledad, a las penumbras, a la inmensidad de una ciudad casi oscura, a la irremediable verdad de que todos estamos solos, de que todos deambulamos y que también ─quizás─ todos podríamos superar las tormentas. La presencia humana ─reflexiva, unitaria y unívoca─ es la llave de estas fotografías, como centro del cosmos ─para afuera─ y de los propios miedos, soledades y temores ─hacia adentro─.

Cada vez que Carmen Arévalo (Perú, 1969) descubre un mundo, lo registra, y silenciosamente ─e inadvertidamente─ lo muestra. Esa capacidad polidimensional que le da a la bidimensionalidad inherente a la fotografía es lo que la hace grandiosa, pero no desde lo grandilocuente, sino desde la simpleza básica de un universo exterior que existe, perdura y ─gracias a ella─ es descubierto, ya no desde lo evidente, sino desde la complejidad absoluta de un universo interior que por existencialmente crudo y solitario, ella nos obliga a gritarlo con mudos sonidos.

Por ello, en su fotografía ─quizás como en la vida misma─ todo es posible.